¡Ya
sos madre! Te sentís orgullosa y hasta más
importante por el título que obtuviste. Sin lugar
a dudas, el mejor de todos... Pero algo opaca tu felicidad...
Hay momentos que quisieras escapar. Hasta crees que dejaste
de ser mujer por ser mamá.
No es así. Necesitás de tu tiempo, que es
sólo el tuyo, para acostumbrarte a cumplir con este
nuevo rol, que pesa porque tiene una gran carga de responsabilidad.
Es cuestión que vayas acomodándote, en el
tiempo que vos necesites, que no será igual al de
otra, pero es el tuyo. Y ya lo resolverás.
Estoy
feliz en mi casa, cuidando a mi bebé, que nació
sanito y sin problemas y me necesita... pero me falta algo...
Quiero volver a mi trabajo, a mis cosas...
Qué sentimientos tan extraños! Volviste a
casa de la maternidad trayendo el mejor regalo... el bebé
soñado, buscado, esperado... Todo salió mejor
de lo que esperabas.
Sentías tantos temores para el momento del parto,
¿cómo te darías cuenta que había
que acudir al sanatorio? ¿Y podrías soportar
las contracciones, te acordarías de cómo pujar
y cómo respirar?
Todo fue genial. Y tu hijo supo cómo prenderse a
la teta y succionar... y tu leche lo está haciendo
crecer sano y te sentís orgullosa cuando salen a
pasear y te paran por la calle para decirte lo lindo que
es.
Y pasaron 2, 3, 4 meses...
Estás bien con tu pareja, con tu hijo, con los demás...
Pero no estás bien con vos misma.
"¿Qué me pasa... por qué esta
soledad interior? ¿Por qué este vacío,
esta angustia, esta disconformidad?"
A pesar de que sabés que vas a volver al trabajo
en pocos meses, desearías hacerlo ya.
Querés
disponer vos misma de tus horarios; ir a la peluquería
o a depilarte cuando notás que te está creciendo
el vello... y no tener que esperar un día más
porque se te pasó la hora y ya viene la próxima
toma de leche, esperar que eructe, cambiarlo... y no querés
estar con los minutos contados.
Qué ganas de salir a mirar vidrieras, o de reunirte
a tomar algo, sin planearlo anticipadamente, con alguna
amiga.
Pero, te cambió la vida. Ya no sólo sos mujer,
sino que te recibiste de mamá... Y ello no implica
sólo haber tenido en tu vientre durante 9 meses a
tu hijo.
Es mucho más. Es estar en todo momento, porque las
anginas o unas líneas de fiebre o una eruptiva, que
más adelante vendrán, no te darán un
preaviso de 30 días. Surgirán así,
de repente, de la noche a la mañana.
Y tan rápido pasa el tiempo, que también pronto
te verás acompanándolo al cole, a los cumples
de sus compañeritos... alguna excursión...
y no nos vayamos un cachito más adelante, porque
se irá de viaje con amigos...
Por eso, disfrutalo. Sí, ahora. Tratá de salir
con tu bebé. Que te acompañe a todas partes.
Y que un ratito se quede con tu marido, con una amiga, con
una vecina, así vos podés arreglarte esas
uñas que están un desastre.
Y
no te sientas mal por esta mezcla de sentimientos ambivalentes.
Por ser un poco egoísta y querer un ratito para vos
sola.
No te pasa sólo a vos.
Son momentos... son bajones. Pero hay que ponerse las pilas,
armarse de paciencia; tratar de buscar el momento. Y si
no tenés con quien dejar a tu bebé... Bueno,
a vestirse los dos, y con él, tratar de hacer lo
que vos querés. Seguramente la vendedora de aquel
local donde viste esa blusa que tanto te gustó, lo
entretendrá mientras vos te la probás. O en
la peluquería ya habrá alguna persona que
te lo tenga un ratito en sus brazos mientras te hacés
depilar "esos pelos que se ven a 1.000 cuadras".
Y aprovechá ahora a hacerle todos los mimos y contarle
cuanto lo querés y también la pila de ropa
que tenés para planchar. Tu bebé te escuchará.
Y también colaborará para que en tu nuevo
rol te sientas más cómoda. Disfrutá
cada momento de este período que estás a solas
con él. Será irrepetible y fantástico.
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